Jerusalén: sinfonía en mil desentonos.

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Jerusalén es la ciudad de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Sin duda todo el mundo cristiano en este período cuaresmal y pascual mira hacia Jerusalén para colocar en su lugar estos eventos que nos dieron la salvación.

¡Cómo describir la Semana Santa 2010, en que coincidieron las pascuas católica, ortodoxa y judía!

Permítanme los lectores tomar 3 palabras que se oyen en la Basílica del Santo Sepulcro en estos días santos. Pero, para entendernos, tengo que hacer una composición de lugar, La Basílica del Santo Sepulcro es el lugar más santo de la tierra. No tengo dudas sobre esto, pues allí Jesucristo murió y resucitó. Pero, desde un punto de vista muy humano es un lugar no bello, medio caótico, abarrotado de multitudes que van y vienen sin aparente concierto. Por si eso fuera poco, el edificio es viejo, muy abandonado y los ritos de los diversos grupos cristianos se entremezclan en diversos lugares y horarios, dando la impresión a veces de un caos total… Perdónenme la sinceridad. Pero, es así –repito- desde un punto de vista muy humano. Y con todo, en medio de esa confusión, sobresalen siempre 3 palabras que reflejan la historia de la salvación y la historia de Jerusalén en todo su andar humano: Kyrie Eleison (Señor Ten Piedad), Aleluya y Amén. Permítanme seguir mis reflexiones en torno a estas 3 palabras que, de tanto en tanto, coinciden como el ritmo de una sinfonía no fácil de entender.

 

KYRIE ELEISON. (Señor ten Piedad)

Estrictamente hablando es una expresión que viene del griego, posiblemente se consolidó en la liturgia cristiana durante el período bizantino. Es muy antigua y seguramente coincide con mil expresiones que en diversas religiones y culturas se dirigen a Dios para pedirle perdón y misericordia.

Es una de las pocas expresiones que se perciben con claridad en todos los ritos. Nada importa si son estos católicos, griegos, armenios, coptos… ¡Señor ten piedad! Es el dolor de la humanidad que siempre tiene algo que sufrir, de unos para con otros, de cada uno frente a Dios o de todos contra todos.

También en Jerusalén, durante la Semana Santa, hay motivos de qué dolerse y pedirle perdón a Dios; motivos para quejarnos de los check points y de que la gente no entiende que el acceso a los santos lugares sea limitado por la policía israelí (¡menos mal…! ¿Cómo se puede pretender, en base a no sé qué libertad religiosa, el permitir que una multitud de 5 mil o más peregrinos, accedan al Santo Sepulcro, donde no caben más de mil? ¿Quién asumiría la responsabilidad de un accidente, en caso de incendio o de cualquier otro accidente masivo ahí dentro?)… Y de ahí hasta las incomodidades de tanta gente que quiere seguir el rito propio en medio de la multitud. Jerusalén y el Santo Sepulcro con ella, son un misterio. Venimos a gozar y a celebrar, y lo hacemos, pero con incomodidades y limitaciones. “Kyrie Eleison”, “Señor ten piedad de nosotros”, que con tanta imperfección y limitaciones queremos tocar el cielo con un dedo, porque tú nos hiciste para ti, porque nos hiciste para el cielo, para gozar infinitamente, y en estos días santos de Pascua lo sentimos quizás con mayor fuerza que nunca.

 

Aleluya.

“Aleluya” es un grito exultante de gozo que viene del hebreo antiguo. Los judíos ya lo cantaban y exultaban en sus funciones religiosas para agradecer a Dios y llenarlo de alabanzas. ¡Cuántos salmos se podrían citar a este respecto! El cristianismo, nacido de la sangre que chorreaba de la cruz en el Gólgota, brota del judaísmo más puro y absorbe también esta palabra, para repetirla infinidad de veces y salmodiarla una y otra vez durante la Pascua de modo exuberante, y durante el tiempo ordinario, aunque de modo más sencillo y comedido, pero repetido siempre, al menos antes del verso anterior al evangelio.

Escuchar el “Aleluya”. Aquí en Jerusalén nos acomuna con los pueblos que creen en el Dios de Abraham. Une nuestras voces a esa sinfonía extraordinaria que, desde Jerusalén, sube a Dios en agradecimiento por tantas obras buenas, por tantos dones, por el deseo universal de SER UNO. Qué extraña sensación de cantar todos este “Aleluya” en una ciudad dividida, en una Basílica donde todos se esfuerzan por cantarlo más fuerte que el vecino, por imponerlo al grupo que les hace contrapunto en el mismo lugar…

 

“Amén”.

Amén, al final, es la palabra que se entiende igualmente. No importa si suena “Amén” o “Amín”… “Amén” significa “estoy de acuerdo, lo creo, que así sea…”

Creo que en el último segundo de la historia humana, un gran “Amén” se elevará a Dios desde todos los rincones de la tierra, no importa la raza, el color y la religión. Creo que no hay religión en que no exista un gesto, una reverencia o palabra que abaje la mente y el corazón humano hasta el fondo de su obediencia y aceptación de los planes de Dios en la propia vida y en toda la historia humana. Amén es una oración breve, pero profunda si se hace con todo el corazón. Amén es la expresión de la paz y de la unidad que tenemos que alcanzar, y que sube al cielo ahora desde diferentes expresiones culturales y religiosas. Finalmente estamos llamados a la “recapitulación de todas las cosas en Cristo”, “cuando Cristo será todo en todos”.

 

Así es la Semana Santa en Jerusalén: una sinfonía que con mil desentonos, al final nos une a todos. La Jerusalén terrena sigue siendo el centro del mundo y prefiguración de la Jerusalén Celestial. Es un Misterio que podemos saborear, pero jamás entender.

Desde Jerusalén, mis felicitaciones más cordiales a todos de una Santa Pascua de Resurrección.

 

Gracias
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John Louse Z'oghbi

Chalreen Jozeph Hazboun

George Elias Awwad

Hashem Saher Fouad Banoura

Jeries Riyad Hannania