Cuando hablamos de nuestra Patria –Palestina- aludimos a la tierra de nuestros padres y abuelos. Significamos con ello que reivindicamos la posesión pacífica y el consiguiente derecho de dominio sobre tierras que desde tiempos inmemoriales y por hechos documentados llevan el nombre de Palestina y han sido ocupadas por miembros del pueblo palestino.
Cuando hablamos de la Nación-Palestina, aludimos a un territorio donde nacen hijos de progenitores palestinos, que hablan el idioma de los palestinos y honran las tradiciones milenarias de la familia palestina: entre ellas, la de profesar la fe en un solo Dios, observar sus mandamientos, ofrecer hospitalidad a los desvalidos y extraños, trabajar con honestidad y libertad, cultivar las artes y disciplinas del espíritu, fortalecer la unidad y resguardar el buen nombre de todas las familias.
Cuando hablamos del Estado-Palestino, aludimos a un pueblo que vive estable y pacíficamente en su propio territorio, gobernado por un conjunto de órganos administrativos, legislativos y judiciales que dirigen la vida nacional en forma soberana e independiente, en el marco de aquellos derechos y deberes que por ser patrimonio de toda la Humanidad se entienden incorporados a su ordenamiento jurídico, y con el reconocimiento explícito o tácito de la mayor parte de la comunidad internacional.
La lectura de estos tres conceptos ( emparentados pero no idénticos) nos permite afirmar que existen, más vivas y vigorosas que nunca, la Patria- Palestina y la Nación-Palestina.
Nuestra tarea pendiente es agotar nuestros esfuerzos hasta ver plasmado íntegramente, en los hechos y en el derecho, el Estado- Palestino.
Tal constatación importa y es esperanzadora, porque cuando se dan los elementos que conforman una Patria y una Nación, están dados los presupuestos vitales para consolidar jurídicamente un Estado. Los intentos de formar Estado allí donde no hay patria o nación serán siempre estériles y contraproducentes. Los Estados no se inventan ni se imponen : son el fruto natural de una vida tan potente que sólo espera y exige los cauces reguladores del Derecho.
Palestina es vida. Vida sobreabundante. Vida probada en el transcurso de milenios y en el crisol del sufrimiento. Vida santamente porfiada, que ha superado periódicos y salvajes intentos de exterminio. Difícilmente haya en el planeta un pueblo que exhiba tantos y tales títulos como el pueblo palestino para ser reconocido como Patria, Nación y Estado. Por antigüedad, por continuidad, por identidad local, racial, religiosa y cultural, por fidelidad a sus raíces y a su patrimonio moral, Palestina es un concepto descriptivo de una realidad viva, actuante y sufriente, coprotagonista insoslayable de la historia pasada, presente y futura. Merece, tiene derecho sobrado a constituirse y ser reconocida como Estado en forma.
Las razones que han obstaculizado o demorado tal reconocimiento son conocidas y no vale la pena ahondar en ellas. Hoy nos urge identificar las tareas positivas que dependen de nosotros y que, satisfactoriamente cumplidas, garantizarán la plena realización de nuestros sueños.
La primera de ellas, base de todas las demás, es nuestra FE.
Creer es asentir a una verdad que no nos consta por propia evidencia o experiencia, sino por la confianza que nos merece el testigo que afirma esa verdad. Lo que sabemos de la historia lo creemos por fe en lo que aseguran los cronistas y los documentos auténticos. Lo que sabemos de la actualidad lo creemos por fe en la veracidad e idoneidad de los comunicadores sociales. La mayor parte de lo que aprendemos en colegios y universidades constituye un acto de fe en nuestros maestros. Creemos en Dios, en primer lugar por la fe que nos merecen nuestros padres, predicadores, pastores y confesores. Sin la fe - fe en el hombre, fe en la capacidad del hombre de conocer la verdad y trasmitirla fielmente- es imposible vivir. La vida entera está edificada sobre un gran acto de fe en el hombre. Creemos en Dios porque creemos en el hombre.
¿Qué puede decirnos la fe en lo tocante a la consolidación del Estado Palestino?
En primer lugar, una constatación histórica : los imperios basados en la primacía de la fuerza sobre la razón han terminado invariablemente socavando su base de sustentación y sucumbiendo a su propia ley. Todo lo que se edifica sobre la violencia se destruye por la violencia. El hombre es un ser racional, y lo que contradice a la razón no puede fundar una personalidad ni menos una comunidad humana.
Los regímenes imperialistas que han hecho de la opresión violenta su arma decisiva para obtener y conservar su poder están de antemano condenados a debilitarse y extinguirse, en virtud de la misma sinrrazón a la que deben su origen.
Este primer principio y primera constatación se corresponden con otros que dan cuenta de la nobleza y supremacía del ser racional : cada vez que un hombre, o un grupo de hombres se juramentan para consagrar su vida al triunfo de la justicia, y perseveran en su juramento sin temor a la prisión, la persecución, el destierro o la muerte cruenta, utilizando todos y solos los medios propios del ser racional, triunfa la justicia. La consumación y disfrute de ese triunfo pueden demorar una o varias generaciones, y no es infrecuente que los precursores del combate mueran sin haberlo presenciado. Pero la fuerza de la razón, puesta al servicio de la justicia, es ineluctable.
Un tercer principio, también documentado por la historia, se agrega como apoyo a nuestra fe en el afianzamiento y universal reconocimiento del Estado Palestino : el sufrimiento de los inocentes, la evidencia del indecible dolor y daño infligido a las víctimas por quienes en su soberbia creen estar amparados por eterna impunidad, se trasmuta y sublima en energía que sacude las conciencias, mueve los corazones y fortalece las voluntades para poner fin a la crueldad y restablecer el imperio del derecho. En rigor, por una misteriosa ley espiritual, individuos y sociedades crecen y se fortalecen más en la adversidad que en la prosperidad. En la historia del cristianismo es ley indubitable : "la sangre de los mártires es semilla de nuevos y mejores cristianos". La victoria, la vida son el fruto conjunto del hacer y del padecer.
Nos resta todavía un cuarto principio y constatación, que rectamente entendido y practicado nos autoriza a creer en que veremos, o nuestros hijos verán un Estado Palestino : es el poder de la oración.
Aquí la palabra "fe" cobra su significación específicamente religiosa. Orar es conversar con Dios. Quien ora asciende a la categoría de Dios y participa de su ciencia y omnipotencia. Las diversas religiones coinciden en afirmar esta divinización del hombre mediante la oración. Abrahám sabía que su intercesión podía lograr la salvación de Sodoma y Gomorra. Moisés extendía sus brazos en oración mientras su pueblo libraba la batalla : y entonces vencía. Por eso le destinaron dos hombres para sostener sus brazos fatigados y asegurar que su oración no declinara ni desfalleciera. Cristo afirmó : si ustedes oran, nada les será imposible. Porque nada es imposible para Dios, y la oración incorpora al hombre a la categoría de Dios. Por cierto, el contenido de la súplica ha de ser congruente con la voluntad de Dios: quien ora en demanda de justicia, ora rectamente, porque Dios es justo y ama la justicia. También el método de oración debe ser aprobado por Dios: Dios detesta la soberbia y ama a los humildes. Dios quiere ser implorado con humilde confianza filial y con perseverancia inclaudicable : "llamen a golpes y se les abrirán las puertas". Los muros de Jericó, la ciudad más fortificada del mundo, se desplomaron de una vez ante el estrépito de un pueblo orante.
Pero, la fe debe vencer poderosos obstáculos que ya no están en el adversario o en el entorno, sino en el corazón y en la mente del que cree.
El primero es la duda. La duda es la antítesis de la fe. Quien acepta que la duda se albergue en su mente y atrape su corazón, ya se ha condenado él mismo al fracaso. El hombre es lo que cree. Si no cree, no es. Si cree a medias, vivirá mediocremente. La convicción de que nuestros sueños de justicia son posibles está en la base de todas las grandes conquistas del género humano en su lucha por la libertad y la dignidad. Una falsa invocación del realismo y pragmatismo suele desalentar como ilusoria la certeza de alcanzar nuestros ideales. Esos ideales son la única realidad. La no-justicia es el no-ser. Quien persevera imperturbable en su hambre y sed de justicia y no se permite un minuto de duda o vacilación en que se hará justicia, ése vive asentado en la realidad y merece llamarse pragmático. El que no cree en la superioridad y realidad de la justicia, no es práctico. Los hombres más realistas y prácticos del siglo XX fueron Martin Luther King, Mahatma Gandhi, Juan Pablo II.
El segundo obstáculo es el desaliento. Ante la evidencia del poder del adversario, el creyente sufre la tentación de deprimirse. Pero, deprimirse es autodisminuirse, reducirse a un tamaño de miniatura que no hace honor a la verdadera estatura del hombre. El hombre supera infinitamente al hombre. Lejos de automutilarse, cada hombre está llamado, precisamente a través de la adversidad, a empinarse hasta las alturas de Dios, de quien es imagen y semejanza, y allí cobrar ese aliento de vida que la Biblia llama Espíritu Santo. Con la inspiración y la fuerza de ese Espíritu, todo es posible para el que cree. Cuando la tentación distorsiona la imagen del adversario, haciéndola aparecer como invencible, el Aliento divino reconstruye la imagen del creyente, que es hijo de Dios y heredero de sus promesas: nada es superior a la fuerza del Espíritu. La oración y la esperanza, actos y virtudes propias de la fe, tienen legítimamente función e influencia política, en la medida en que habilitan al creyente para vencer aquellas dudas y tentaciones que se oponen al imperativo de justicia.
Un tercer obstáculo es la precipitación. Que la fe haga posible lo imposible no significa que lo haga fácil y prontamente posible. La vida sana y madura crece lentamente, sin saltarse etapas. Los pueblos de antigua cultura agrícola conocen bien las leyes y los ritmos de la naturaleza, y los aplican al crecimiento de la vida en el espíritu. Por la misma razón, se abstienen de anticipar artificialmente la consecución de los frutos, violentando esas leyes naturales. Esa anticipación artificial de los frutos mediante la violencia es la gran tentación de los impacientes. La violencia sólo cosecha antiviolencia, más violencia. Deteriora el patrimonio moral del que por esa vía reivindica su derecho, poniéndolo a un nivel similar al de su contradictor y dándole a éste los argumentos que no tenía para justificar su usurpación. Causas justas se defienden con métodos justos. La legítima defensa ante una agresión actual o inminente, en racional proporción y con resguardo de la vida de terceros inocentes ; la legítima desobediencia y resistencia civil, que rehúsa acatar imposiciones inicuas y prefiere sufrir antes que infligir sufrimiento a otros; la denuncia sistemática, ante todas las instancias nacionales e internacionales, de cada violación a la justicia; la renuncia a consumir y la legítima presión para que otros se abstengan de consumir productos que benefician al opresor; la legítima presión comunicacional para aislar al opresor y exhibirlo en su permanente desprecio por derechos humanos fundamentales; la operación-Verdad, que no deja pasar maniobra alguna destinada a desinformar a la audiencia sobre la verdadera naturaleza del problema, ni desaprovecha ocasión alguna para reinstalar en la conciencia colectiva la magnitud de la injusticia y la urgencia de corregirla, son métodos justos, no violentos, conducentes a la paz. Gandhi decía: “nuestra certeza de alcanzar nuestros fines depende absolutamente de la pureza de nuestros medios”. Venció. Se hizo justicia. Su patria, su nación, adquirieron categoría de Estado soberano por la fuerza de su verdad, su constancia, su sacrificio, su fe.
Un conocedor de la historia cree poder resumir así las lecciones que ésta nos deja en materia de prosecución de ideales que nos parecían imposibles: 1) cuando los dioses quieren perder a un hombre, lo enloquecen dándole poder absoluto; 2) los molinos de Dios muelen lento, pero fino ; 3) las abejas fecundan la flor, a la que aparentemente despojan; y 4) cuando todo está oscuro, muy oscuro, entonces es posible ver brillar las estrellas.
Palestina ha sido y es patria y nación. Ahora corresponde que se configure como Estado. El Estado es como el cuerpo. Patria y Nación son el alma. No dejemos que a Palestina le maten el alma: su nombre, su fe invicta, su inconmovible voluntad de ser, su bandera, su idioma, sus cánticos y bailes, sus tradiciones milenarias, su sabiduría templada en el dolor, su amor por la familia. El alma vive: ya llegará el cuerpo. Llegará, porque Dios y nosotros lo queremos. Mantengámonos indisolublemente unidos: entre nosotros y con Dios. La justicia, la victoria están cerca.
Los que siembran entre lágrimas, cantando cosecharán.